En Bolivia ocurrió algo inusual: María Galindo, acostumbrada a la confrontación sin límites y al blindaje moral de su discurso, fue desbordada por alguien fuera de su libreto. Waldo Albarracín —figura ligada a los derechos humanos, lejos de cualquier etiqueta conservadora— no solo la enfrentó, sino que rompió el guion: se levantó y la mandó a la mierda. El episodio desnuda una lógica que suele funcionar sin resistencia: interpelar,... + Leer noticia completa
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