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LA ECONOMÍA Y EL CARNAVAL

Por: Gonzalo Chávez Álvarez | 

Si este domingo de Carnaval esperabas leer un artículo sesudo sobre la crisis económica o la situación política, te entiendo: hay gente que simplemente no sabe disfrutar. Yo mismo, si me encontrara con semejante texto en pleno jolgorio, me lo tomaría como una ofensa personal y dejaría de saludar al autor por lo menos hasta la próxima devaluación.

La coyuntura, esa criatura pegajosa que se nos adhiere como espuma de Carnaval mal rociada, merece un descanso. Es momento de abandonar, aunque sea por unos días, el festival de mentiras del gobierno y la gran obra de teatro experimental que es la oposición.

Óscar Wilde decía que “la máscara dice más que el rostro”. Y si hay algo que el Carnaval nos recuerda es que la hipocresía es un arte que se practica todo el año, pero en estos días al menos se ejerce con algo de brillo y lentejuelas. La política nacional, en cambio, es un Carnaval sin final, donde las máscaras nunca se quitan y los disfraces no se renuevan.

El Carnaval es la única época en la que el desorden no solo es permitido, sino celebrado. Es ese momento en el que todos podemos jugar a ser algo que no somos: el mendigo se viste de rico, el rico se disfraza de mendigo, el influencer se pone de intelectual y el economista se cree rockstar. Podemos transformarnos en políticos sin escrúpulos (ah, no, eso ya es el resto del año), en Darth Vader, en la Pequeña Lulú o en el mismísimo Mileito de los Andes. No hay límites. Es la fiesta de la imaginación, del desenfreno, y de la resaca anunciada.

El antropólogo Roberto Da Matta distingue entre dos tipos de celebraciones: las que reafirman el orden y las que lo desafían. En el primer grupo están las paradas militares, los congresos políticos y las reuniones en el Chapare, donde el guion es simple: mirar con amor al horizonte del proceso de cambio, levantar el puño con entusiasmo variable y aplaudir hasta que duelan las manos o la dignidad, lo que ocurra primero. En estas fiestas, la historia se reescribe según la conveniencia de los organizadores y la línea entre la realidad y la propaganda es más difusa que la vista de un carnavalero a las cuatro de la mañana.

Por otro lado, está el Carnaval, la fiesta del caos bien organizado. Aquí la solemnidad se va de vacaciones y el lenguaje oficial es el baile, la risa y la transgresión. No hay discursos acartonados, solo disfraces ridículos, poses audaces y máscaras que, paradójicamente, revelan más de lo que ocultan. Es el momento en que la gente puede reírse de los poderosos sin riesgo de ser llamada sediciosa.


El Carnaval es también un breve simulacro de inmortalidad: cuatro días en los que el tiempo se suspende y lo único que importa es bailar, beber y olvidar. Para algunos, esto es insuficiente. Creen que el Carnaval debería durar todo el año, y en cierto modo tienen razón: si el circo político no tiene intermedio, ¿por qué la alegría debería tenerlo?

Poniéndolo en términos académicos –porque hasta el hedonismo merece su nota al pie–, “el Carnaval es un espacio socialmente controlado que permite invertir metafóricamente los términos de la vida cotidiana”. Traducido al lenguaje de la resaca: es la oportunidad de cometer excesos con permiso. Y sí, sé que citar antropólogos en pleno Carnaval es como tomar cerveza caliente: innecesariamente cruel.

No todos, sin embargo, se entregan al frenesí. También está la comparsa de los quietos, los que prefieren la reflexión a la parranda. Para ellos, estos días son un espacio de paz, una pausa para enviarle un mensaje a la conciencia –o, en tiempos modernos, un WhatsApp al disco duro del alma–.

Y luego están los anti-Carnaval, esa especie en peligro de extinción que no entiende la magia del desorden. Susan Cain diría que prefieren estar en su cabeza antes que en medio de una multitud agitada. Creen que la soledad es el motor de la creatividad y que la bulla es una distracción innecesaria. Mientras algunos creen que moviendo las caderas pueden cambiar el mundo, ellos prefieren seguir a Gandhi, quien decía: “De una manera gentil, también se puede sacudir el mundo”. Y si esa gentileza viene con un buen libro y sin espuma de Carnaval en los ojos, mejor aún.

Así que, por respeto a la democracia de la alegría, suspéndase la coyuntura. Que los analistas descansen la lengua, que los políticos aprovechen para prometer menos y que los revolucionarios de última hora dejen de dividir el mundo en izquierda y derecha, aunque sea por un par de días.

Felicidades, amable lector. Si has llegado hasta aquí, eres probablemente el único ciudadano en este país que ha preferido leer en Carnaval en lugar de estar en la calle celebrando. Pero tranquilo, la próxima semana vuelve la otra fiesta, la que nunca se detiene: el carnaval de la corrupción, de la crisis económica, de las intrigas y de la demagogia. Ese, lamentablemente, no tiene fecha de clausura.

Cierre comparsas de escuelas económicas. El Carnaval, al igual que la economía, tiene sus propias comparsas.

Los libertarios desfilan sin reglas, convencidos de que el mercado se autorregula, incluso cuando la cerveza escasea. Para ellos, la mejor comparsa es la que se organiza sola, sin comités, sin permisos y sin Estado que meta la nariz en la parranda.

Los marxistas, en cambio, creen que el Carnaval debe ser planificado y que los tragos deben distribuirse equitativamente entre la comparsa, aunque algunos terminen con menos espuma que otros.

Los keynesianos defienden la necesidad de un gasto público robusto en tarimas, bandas y fuegos artificiales, confiados en que una buena inversión en alegría evitará una recesión anímica.

Los neoclásicos aseguran que el mercado de la joda se equilibra solo y que, si alguien se queda sin trago, es porque tomó malas decisiones de inversión.

Los anarcocapitalistas creen que cada esquina del corso debería privatizarse y venderse en NFTs, mientras que los estructuralistas culpan a la herencia colonial por la mala distribución de los chanchitos.

Los austriacos, por supuesto, critican a todos los anteriores y aseguran que el Carnaval de antes era mejor.

En fin, sea cual sea tu comparsa, recuerda: el Carnaval es un espacio de libertad, de excesos y de fugaz utopía. Porque cuando termine la fiesta, volverán las reglas, las prohibiciones y los discursos vacíos. Así que, mientras dure, ¡a bailar, que después nos toca hacer fila para comprar dólares!



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