Por apenas días no alcanzó a festejar su cumpleaños 104. En los 103 que vivió pudo codearse con la luz y las tinieblas, con lo mejor y lo peor de la condición humana. Nacida en Budapest, Hungría, Agnes Klein-Keleti fue mucho, mucho más, que la campeona olímpica más longeva del mundo.
Podría decirse que su vocación se despertó a los 4 años, cuando empezó a practicar gimnasia en el club judío de su barrio, para no abandonarla jamás. Tenía 16, en 1937, al coronarse campeona nacional de su país. La Segunda Guerra Mundial obligó a cancelar los Juegos Olímpicos de 1940 y los de 1944, para los que su destreza la hubiera clasificado, pero el problema principal, en aquel entonces, era otro: en 1941 la expulsaron de su club por ser judía.
El nazismo confinó a su padre y parte de su familia a Auschwitz, donde murieron. Su madre y sus hermanas huyeron y la mano salvadora de Raoul Wallenberg logró rescatarlas. Agnes se escondió; con la idea de que las mujeres casadas corrían mejor suerte se casó en 1944 con el también gimnasta István Sárkány; el matrimonio duró 6 años. Ella sobrevivió escondida, con documentos falsos, y trabajando como sirvienta.
Cuentan que sobre el final de la guerra, recogía los cuerpos de los muertos y los llevaba a una fosa común. Cuando todo acabó, volvió a los entrenamientos y descubrió el violonchelo como profesional. Entre los Juegos Olímpicos de Helsinki (1952) y los de Melbourne (1956) se alzó con cinco medallas de oro, 3 de plata y 2 de bronce. En 1957 emigró a Israel, donde se casó, tuvo dos hijos y entrenó a la selección nacional. En 2015 cerró el círculo y volvió a su patria. El último 2 de enero murió en la ciudad en la que había nacido.
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