La confluencia de fascismo y racismo no es caprichosa. Ambos se alimentan del odio. El sentido común indicaría que tal pasión está dirigida hacia el prójimo. Sin excluir tal posibilidad, el arte suele revelar un sorprendente aspecto. En su Deutsches Requiem, Borges pone en boca de un torturador esta impactante confesión: “Ante mis ojos no era un hombre, ni siquiera un judío: se había transformado en el símbolo de una detestada zona de... + Leer noticia completa
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