Hubo un tiempo en que nombrar a Jeffrey Epstein no generaba incomodidad sino prestigio. Aparecer en su agenda de contactos, volar en su avión, compartir una cena en sus mansiones era, para muchos, una credencial de pertenencia. Poder, dinero y acceso circulaban como una moneda común en esos encuentros. Su nombre abría puertas. Era sinónimo de influencia. Si el cine hubiera querido retratarlo probablemente lo habría convertido en un... + Leer noticia completa
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