Desde Tafí del Valle, donde los cerros se inclinan como antiguos monjes y el viento escribe salmos invisibles sobre los pastizales, uno comprende que la belleza no es un accidente: es un lenguaje. Aquí, donde la luz amanece despacio y la tarde cae como una bendición tibia sobre las pircas, aprendí que la naturaleza también ora. Los cardones levantan sus brazos espinosos al cielo, los arroyos murmuran letanías de piedra, y las nubes -esas... + Leer noticia completa
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