Hay sueños que no se apuran, sino que se esperan y se cuidan. Se llevan en silencio mientras la vida y el fútbol empujan para otros lados. Para Víctor Salazar, jugar en San Martín fue siempre eso: un sueño paciente, heredado, tatuado en la piel y sostenido en el tiempo. Por eso, cuando finalmente llegó el día, la emoción no entró en el cuerpo, sino que lo desbordó. “Esto es algo que soñé desde chico. No es una frase hecha”, dice,... + Leer noticia completa
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