El retorno de Donald Trump al poder en Estados Unidos ha sido un terremoto político que no solo ha redefinido el escenario global, sino que ha dejado en evidencia las profundas debilidades de Europa. Un continente que durante siglos fue el motor de la civilización occidental, responsable de los más grandes adelantos científicos y el epicentro del desarrollo cultural, hoy se encuentra atrapado en una maraña burocrática, incapaz de responder a los desafíos que amenazan su supervivencia.
Mientras Estados Unidos, con Trump a la cabeza, refuerza su soberanía, fomenta su industria y redefine sus alianzas geopolíticas con base en el pragmatismo y la defensa de los intereses nacionales, Europa sigue sumida en un letargo de intervencionismo estatal, regulaciones asfixiantes y dependencia de organismos supranacionales que han demostrado ser ineficaces frente a las amenazas externas.
El estado omnipresente se ha convertido en el lastre que impide a Europa adaptarse a un mundo cambiante y cada vez más hostil. La Unión Europea, con su ineficaz maquinaria burocrática, ha impuesto un modelo de gestión que sofoca la innovación, ahuyenta la inversión y diluye la capacidad de respuesta ante crisis internacionales. La excesiva intervención estatal ha generado sociedades dependientes, reacias al riesgo y acomodadas en la seguridad del subsidio, perdiendo la audacia que alguna vez las llevó a conquistar el mundo.
El ejemplo más contundente de esta debilidad ha sido la respuesta a la amenaza rusa. Mientras que Europa se ha mostrado dividida, dependiente del gas ruso y atada a sanciones de eficacia dudosa, Trump ha priorizado una política de disuasión basada en la fuerza y la autonomía energética. La diferencia de enfoque no solo es estratégica, sino existencial: mientras Estados Unidos busca fortalecerse, Europa parece resignada a una peligrosa pasividad.
Pero el problema va más allá de Rusia. La crisis migratoria, impulsada por políticas de fronteras abiertas y un multiculturalismo mal entendido, ha generado profundas fracturas internas. La identidad europea, que fue el sustento de su grandeza histórica, se diluye frente a una gestión que privilegia la corrección política sobre la preservación de sus valores fundamentales. Esto no es un mero debate académico; es una cuestión de supervivencia civilizatoria.
Los intelectuales europeos, en su afán de justificar el declive del continente, han elaborado todo tipo de explicaciones: el cambio climático, el auge de la inteligencia artificial, el fin del capitalismo tradicional. Pero la verdad es mucho más simple y más dolorosa: lo que ha debilitado a Europa ha sido el estatismo y el desmesurado protagonismo de una burocracia que ha secuestrado la capacidad de decisión de sus pueblos. Mientras no se revierta esta tendencia, la decadencia seguirá avanzando de manera galopante.
El regreso de Trump es un espejo incómodo para Europa. Su ascenso no solo refuerza la primacía de un modelo basado en la soberanía y la autonomía, sino que expone el fracaso de un continente atrapado en su propia telaraña regulatoria. Si los europeos no reaccionan a tiempo, si no recuperan su espíritu de grandeza y su capacidad de autodefensa, el destino de Europa será la irrelevancia.